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 La vida puede ser vivida, o transformarse en un simulacro. Puede ser serena, puede ser competitiva. Puede ser alegre, puede ser triste, pero siempre es irrecuperable. Rabindranath Tagore, decía: "Si de noche lloras porque se ha ido el sol, tampoco podrás ver las estrellas". El ser humano, eternamente insatisfecho, padece cuando no tiene nada y también padece cuando tiene demasiado. No quiere conservar sus bienes para disfrutarlos, sino mantenerlos para acrecentarlos. Si alguien es demasiado amado, se siente atosigado. Si nadie lo ama, se siente desgraciado. Cuando está con una persona añora otra presencia. Cuando está en alguna parte, quisiera estar en otra. Tantas veces el valor lo obtiene lo que se ha perdido. Tantas veces lo largamente anhelado aburre y desespera. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo dejaremos escapar lo que tenemos buscando lo que tampoco disfrutaremos? ¿Y hasta cuándo seguiremos pensando que es tarde, que ya no hay oportunidad? Vivamos el momento, disfrutemos lo que tenemos y nunca, pero nunca, olvidemos que el único tiempo que podemos perder es el que todavía no ha llegado. El resto es pasado, ¡No sigamos perdiendo el tiempo!  El vínculo más primario que podemos encontrar en la pareja es la necesidad de una fusión simbiótica originada en el deseo de alcanzar el alimento emocional del que carecimos en nuestra infancia. Obviamente, esto es algo por lo que atraviesan muchas parejas que, cuando acaban de conocerse, atraviesan una fase simbiótica que les lleva a cortar temporalmente otras actividades o amistades y a pasar la mayor parte del tiempo juntos. El estadio simbiótico de una relación puede así contribuir a que ambas personas lleguen a establecer un profundo vínculo emocional. No obstante, si la simbiosis se convierte en la principal motivación de la relación o si perdura demasiado tiempo, termina convirtiéndose en un factor limitador que establece una dinámica paternofilial que limita el rango de expresión e interacción de ambas personas, destruye los roles masculinos y femenino de la relación y termina creando pautas de comportamiento adictivas. Más allá de la necesidad primitiva de fusión simbiótica, el deseo fundamental que aparece en una relación es el de compañerismo, un deseo que puede asumir formas más o menos sofisticadas. El compañerismo constituye un ingrediente esencial de toda relación pero ciertas personas, sin embargo, parecen no desear nada más de su pareja. Otro nivel posterior de relación es el que se establece en el caso de que los amantes no sólo compartan las actividades y la compañía del otro sino que también tengan intereses, objetivos y valores parecidos. Así pues, cuando una pareja comienza a crear un mundo común podemos afirmar que ambos se adentran en el nivel de la comunidad, un tipo de relación que, al igual que el compañerismo, constituye una forma terrenal y concreta de relación. Sin embargo, más allá del hecho de participar de los mismos valores e intereses del otro, se encuentra el nivel de la comunicación, un nivel en el que somos capaces de compartir todo aquello que ocurre en nuestro interior, es decir, todos aquellos pensamientos, expectativas, experiencias y sentimientos.  Establecer una buena comunicación es una tarea mucho más difícil que tratar simplemente de crear una situación de compañerismo o de comunidad. Este nivel requiere que cada miembro de la pareja sea totalmente sincero al expresar lo que ocurre en su interior y tenga el valor suficiente como para superar los inevitables obstáculos que aparecen ante cualquier intento de compartir dos verdades diferentes. La buena comunicación es, con toda certeza, el elemento más importante de cualquier relación cotidiana sana. Un nivel todavía más desarrollado de la comunicación es la comunión. Más allá del hecho de compartir los pensamientos y los sentimientos existe el reconocimiento profundo del ser de otra persona, un reconocimiento que suele descubrirse en el silencio, tal vez mientras miramos a los ojos de nuestra pareja, estamos haciendo el amor, paseando por el bosque o escuchando música. Es como si, de pronto, nos sintiéramos percibidos y conmovidos en aquel núcleo profundo del ser que trasciende a la personalidad. Seguimos siendo plenamente nosotros mismos pero, al mismo tiempo, estamos completamente en contacto con nuestra pareja. Este tipo de relación es tan extraño y sorprendente que no suele pasar desapercibido. Por otra parte, aunque la comunicación pueda ser fruto de un trabajo deliberado, la comunión, por su parte, es completamente espontánea y se encuentra más allá de nuestra voluntad. La comunicación y la comunión son formas de intimidad más profundas y sutiles que la compañía y la comunidad y tiene lugar, respectivamente, en el nivel de la razón y en el de corazón. La profunda intimidad de la comunión puede alimentar el anhelo a superar completamente la dualidad, una aspiración, en definitiva, por lograr la unión completa con la persona amada. No obstante, aunque este anhelo expresa una necesidad auténticamente humana, se dirige en realidad, hacia lo infinito, lo absoluto y lo divino. Pero cuando este deseo de unión definitiva permanece ligado a una relación concreta suele terminar creando problemas y reduciendo nuestra aspiración por la realización espiritual a la idealización, la inflación, la adicción y la muerte. La forma más adecuada de orientar nuestra aspiración hacia la unión consiste en una práctica espiritual auténtica -como la meditación, por ejemplo- que nos enseñe a ir más allá de la mente dicotómica en todas las áreas de nuestra existencia. Así pues, aunque apunte en esta dirección, las relaciones íntimas pueden alentar este tipo de práctica pero jamás pueden llegar a sustituirla. Toda relación tiene áreas, más o menos intensas, a lo largo de este continuo de conexión.  Las parejas que comparten una relación profunda de ser a ser, que mantienen un buen nivel de comunicación, que tienen intereses y valores comunes y que disfrutan naturalmente de la compañía del otro, logran establecer un equilibrio ideal entre el cielo y la tierra, por así decirlo. (La sexualidad, por su parte, puede operar en cualquiera de estos niveles: como una forma de unión simbiótica, como compañía corporal, como un ejercicio compartido, como una forma de comunicación o como una comunión profunda.) El amor consciente sólo aparece cuando ambas personas logran establecer una comunión esencial que trasciende a la personalidad. En esos momentos de comunión, estamos simultáneamente en contacto con nuestra propia esencia y con la esencia de nuestra pareja y, sin embargo, seguimos siendo individualidades separadas. Por más próximos que nos hallemos nunca podremos llegar a compartir plenamente nuestros mundos ni a saber del todo cómo son las cosas para la otra persona. Así pues, aunque podamos compartir ciertos momentos fugaces de unidad en los que nuestra esencia permanece en contacto, la unión completa siempre estará fuera de nuestro alcance. Ahora bien, no existe modo alguno de retener a otra persona ni de poder utilizar la relación como una forma de escapar de la soledad. Nuestra pareja es sólo un préstamo temporal que nos concede el universo, un préstamo que ignoramos cuándo se nos reclamará. En el fondo de la devoción a otra persona anida la dulce y melancólica plenitud de un corazón que sólo anhela desbordarse. La soledad es, a fin de cuentas, lo que nos impulsa a salir de nosotros mismos. Por consiguiente, no es necesario que nos aislemos porque la soledad, como simple presencia, es lo que compartimos con todas las criaturas de la tierra, es el trasfondo del que brotan todos los tesoros: un anhelo desbordante que nos hace salir de nosotros mismos, escribir un poema, componer una canción o crear algo hermoso. Cuando valoramos nuestra soledad podemos ser nosotros mismos y entregarnos más plenamente. Entonces ya no necesitaremos que los demás nos protejan o nos hagan sentir bien sino que, en lugar de eso, estaremos en condiciones de ayudarles para que sean ellos mismos. El amor consciente sólo puede brotar como el fruto maduro de un corazón herido. Todas las tradiciones espirituales coinciden en afirmar que la persecución exclusiva de nuestra propia felicidad no conduce a la verdadera satisfacción porque los deseos personales se multiplican de continuo generando nuevas frustraciones. La verdadera felicidad -la que nadie puede arrebatarnos- emana de la apertura de nuestro corazón, de su proyección hacia el mundo que nos rodea y se complace con el bienestar de nuestros semejantes. Si queremos preocuparnos por el desarrollo y la evolución de las personas a las que amamos es necesario poner en funcionamiento las capacidades más profundas de nuestro ser y evolucionar nosotros mismos. La evolución exige la puesta en marcha de todas nuestras cualidades. Así pues, todas las dificultades propias de la relaciones constituyen, en realidad, una oportunidad excepcional: descubrir el camino sagrado del amor cuya llamada nos alimenta a cultivar la plenitud y la profundidad de nuestro ser.  El logro más elevado del amor, el amor consciente, encamina a los amantes más allá de sí mismos y les lleva a conectar plenamente con la totalidad de la vida. En realidad, el verdadero amor carecerá de espacio para desarrollarse hasta el momento en que se proyecte hacia el exterior. El punto más elevado de la relación amorosa apunta al logro de un sentimiento de hermandad con toda forma de vida, lo que Teihard de Chardin denominaba "amor por el Universo". Sólo de este modo podrá el amor -como afirmaba Teihard- "convertirse en luz y poder ilimitados". El sendero del amor se propaga en círculos. Comienza en el hogar encontrando nuestro sitio, haciéndonos amigos de nosotros mismos y descubriendo que, bajo la confusión y el engaño de nuestro propio egoísmo, se esconde la riqueza intrínseca de todo nuestro ser. Cuando llegamos a establecer contacto con esta plenitud fundamental que anida en nuestro interior descubrimos que tenemos mucho más que ofrecer a nuestra pareja de lo que anteriormente imaginábamos. Cuando dos personas se preocupan por el desarrollo de la consciencia y el espíritu de su pareja, tienden naturalmente a compartir su amor con los demás. Y, de este modo, las nuevas cualidades emergentes -la generosidad, el coraje, la compasión y la sabiduría, por ejemplo- se extienden más allá del círculo de su propia relación. Estas relaciones son el "hijo espiritual" de la pareja, lo que su unión puede ofrecer al mundo. Una pareja florecerá, pues, cuando su visión y su actividad no se centre exclusivamente en ellos mismos sino, por el contrario, cuando sean capaces también de incluir a la comunidad de la que participan. Pero, como señala Teihard de Chardin, el amor entre dos personas puede expandirse todavía más. Cuanto más profundo y apasionantemente se ame una pareja mayor será su preocupación por el estado del mundo en el que viven, más conectados estarán con el planeta y, en consecuencia, se ocuparán de cuidar del mundo y de todos los seres que necesiten ayuda. El logro máximo y la más plena expresión del amor se alcanzan cuando éste llega a abarcar a toda la creación enriqueciendo y fortaleciendo entonces, a su vez, la vida de la pareja. Éste es el gran amor y el gran camino que nos conduce hasta el mismo corazón del Universo.  Debemos aprender a enfatizar las posibilidades de nuestro mundo interno, pues es en nuestro mundo interno en el que estamos continuamente sumergidos. Este mundo nos pertenece: donde quiera que vayamos, lo llevamos con nosotros y podemos contar con él, mientras que el mundo externo siempre nos reserva alguna que otra decepción. Si lo que buscamos es nuestro verdadero camino, la plenitud, debemos saber que podemos encontrarlos en nosotros mismos. El problema es que no nos conocemos, no sabemos todo lo que poseemos, todos nuestros tesoros, y nuestro conocimiento se pierde irremediablemente en tesituras inertes, sin sentido y de vana erudición. Debemos esforzarnos para sentir y utilizar todos nuestros recursos. Debemos saber que podemos encontrarlos en nosotros mismos. El problema es que no nos conocemos, no sabemos todo lo que poseemos, todos nuestros tesoros, y nuestro conocimiento se pierde irremediablemente en tesituras inertes, sin sentido y de vana erudición. Debemos esforzarnos para sentir y utilizar todos nuestros recursos.  Sé firme en tus actitudes y perseverante en tu ideal. Pero sé paciente, no pretendiendo que todo te llegue de inmediato. Haz tiempo para todo, y todo lo que es tuyo, vendrá a tus manos en el momento oportuno. Aprende a esperar el momento exacto para recibir los beneficios que reclamas. Espera con paciencia a que maduren los frutos para poder apreciar debidamente su dulzura. No seas esclavo del pasado y los recuerdos tristes. No revuelvas una herida que está cicatrizada. No rememores dolores y sufrimientos antiguos. ¡Lo que pasó, pasó! De ahora en adelante procura construir una vida nueva, dirigida hacia lo alto y camina hacia delante, sin mirar hacia atrás. Haz como el sol que nace cada día, sin acordarse de la noche que pasó. Sólo contempla la meta y no veas que tan difícil es alcanzarla. No te detengas en lo malo que has hecho; camina en lo bueno que puedes hacer. No te culpes por lo que hiciste, más bien decídete a cambiar. No trates que otros cambien; sé tú el responsable de tu propia vida y trata de cambiar tú. Deja que el amor te toque y no te defiendas de él. Vive cada día, aprovecha el pasado para bien y deja que el futuro llegue a su tiempo. No sufras por lo que viene, recuerda que "cada día tiene su propio afán". Busca a alguien con quien compartir tus luchas hacia la libertad;una persona que te entienda, te apoye y te acompañe en ella. Si tu felicidad y tu vida dependen de otra persona, despréndete de ella y ámala, sin pedirle nada a cambio. Aprende a mirarte con amor y respeto, piensa en ti como en algo precioso. Desparrama en todas partes la alegría que hay dentro de ti. Que tu alegría sea contagiosa y viva para expulsar la tristeza de todos los que te rodean. La alegría es un rayo de luz que debe permanecer siempre encendido, iluminando todos nuestros actos y sirviendo de guía a todos los que se acercan a nosotros. Si en tu interior hay luz y dejas abiertas las ventanas de tu alma, por medio de la alegría, todos los que pasan por la calle en tinieblas, serán iluminados por tu luz. Trabajo es sinónimo de nobleza. No desprecies el trabajo que te toca realizar en la vida. El trabajo ennoblece a aquellos que lo realizan con entusiasmo y amor. No existen trabajos humildes. Sólo se distinguen por ser bien o mal realizados. Da valor a tu trabajo,cumpliéndolo con amor y cariño y así te valorarás a ti mismo. Pongamos la vida en ello y si nos damos cuenta que no podemos,quizás entonces necesitemos hacer un alto en el camino y experimentar un cambio radical en nuestras vidas. El éxito en la vida no se mide por lo que has logrado, sino por los obstáculos que has tenido que enfrentar en el camino. Tú y sólo tú escoges la manera en que vas a afectar el corazón de otros y esas decisiones son de lo que se trata la vida. "Que este día sea el mejor de tu vida para alcanzar tus sueños".  · Es comenzar por tener un sueño. · Es estar comprometido con tus sueños. · Es tener confianza en ti mismo. · Es algo que no aparece por casualidad. · Es aceptar lo que no se puede cambiar. · Es saber cambiar a tiempo. · Es saber que lo único permanente es el cambio. · Es saber y poder delegar en los demás parte de tu tarea. · Es volver a empezar. · Es reconocerte en tus logros. · Es saber disfrutar de tus logros. · Es reconocer que te equivocaste y pedir perdón. · Es reconocer que detrás de cada acierto, puede haber varios fracasos. · Es enamorarte de lo que haces. · Es no postergar y hacer algo ahora. · Es darse cuenta que estas eligiendo a cada momento. · Es reconocer tus propias debilidades y fortalezas. · Es no parar jamás hasta conseguir tus sueños. · Es saber con que fin hacemos las cosas. · Es no mirar hacia atrás. · Es actuar con entusiasmo. · Es transitar camino desconocidos. · Es probar hacer algo que nunca hicimos. · Es saber que no estamos solos. · Es no rendirse jamás. · Es rendirse ante lo que no se puede cambiar. · Es disfrutar de cada momento. · Es disfrutar del tiempo libre. · Es tener tiempo libre. · Es pensar en positivo. · Es tener metas claras. · Es tener perseverancia en la búsqueda de los sueños. · Es estar preparado para ver la oportunidad. · Es tener una actitud positiva. · Es desarrollar la creatividad. · Es utilizar la imaginación. · Es volver a comenzar con el mismo entusiasmo. · Es volver a empezar sin darse por vencido. · Es hacer las cosas lo mejor posible, pero hacerlas. · Es actuar como si ya hubieras logrado tus metas. · Es tener claridad en el propósito. · Es no hacerse problema por las cosas pequeñas. · Es dejar una huella para que otro puedan seguir. · Es jugar a ganar por disfrutar. · Es tener conciencia de lo que uno quiere. · Es arriesgar...  Existen varias teorías que pretenden explicar la naturaleza de la especie llamada Humana. Como falta mucho tiempo para llegar a descubrir la verdadera naturaleza o forjar una teoría que satisfaga a todos, por el momento nos podemos quedar con el hecho de que existe, simplemente existe, y trabajamos en esa existencia. Reconocemos que el Ser Humano tiene dones privilegiados como son: la autoconciencia, imaginación, conciencia moral y voluntad independiente o facultad de elegir. Ahora la gran pregunta: ¿realmente los usamos? Notamos que la gran mayoría de las personas caen en la rutina diaria, haciendo y pensando todos los días cosas similares, tratan de mantenerse en un trabajo que ya saben hacer, y se van a la comodidad de lo conocido, lo que algunos psicólogos llaman la zona de confort. Y así transitan la mayor parte de su vida, solucionando problemas “urgentes” y lo más curioso, dando el mismo tipo de soluciones al mismo tipo de problemas, a esto se le llama ser reactivo, solo reaccionamos a los estímulos externos a nuestra persona, y así somos controlados por las circunstancias. Hay que hacer notar que entre el estímulo y la respuesta existe un pequeño lapso de tiempo, en el cual nos podemos detener un poco más, para elegir nuestra respuesta de forma más adecuada a nuestros intereses, y en ese momento empezamos a ser proactivos. El ser proactivo tiene otras ventajas además de no ser totalmente manejados por el mundo, empezamos a influenciar al mundo, y por tanto cambiar el nuestro anticipándonos a los acontecimientos, provocándolos. Al elegir la respuesta influimos en nuestras circunstancias, si sólo cambiamos una parte de la fórmula, cambiamos la sustancia. Este cambio requiere un esfuerzo conciente, autodisciplina, hay que cambiar hábitos de respuesta, estar atentos a nuestro actuar; y el darse cuenta de lo que es el hecho y no la interpretación que damos, el premio por este esfuerzo es grande, nuestro círculo de influencia se agranda y el de preocupaciones se reduce. Siempre habrá circunstancias en las que no podemos influir, como el estado del tiempo. Lo que sí puedo hacer es decidir ser feliz en la lluvia y en el sol brillante. Recuerdo un antiguo rezo: Dios dame fuerzas para cambiar lo que puedo cambiar, resignación para aceptar lo que no puedo cambiar, y sabiduría para conocer la diferencia. Prof: Jorge E. Ludewig  Cuenta Anthony Robbins, experto en desarrollo personal, que “hace algunos años vivía en Estados Unidos un gran acróbata llamado Rail Wallenda. El tenía un grupo de acróbatas que durante años presentó su espectáculo con mucho éxito y sin considerar jamás la posibilidad de un fallo. El peligro de las caídas, sencillamente, no formaba parte de su esquemas mentales. Pero después de varios años, empezó a comentar con su mujer que se veía a sí mismo cayendo. Por primera vez empezaba a ofrecerse a sí mismo, habitualmente, la representación de una caída. Tres meses después de haberlo mencionado por primera vez, cayó y se mató”. Podríamos interpretar que el acróbata tuvo una premonición. Pero otra interpretación posible es que comunicó a su sistema nervioso una representación coherente , una señal, que le generó un comportamiento que derivó en tal desenlace. Tal vez este es un cuento inventado para vendernos una idea, pero sin ir más lejos ( y me imagino que alguna vez tuvo usted alguna experiencia parecida) hace cosa de una semana alardeaba yo que nunca en mi vida había chocado un carro...¡y a los tres días choqué! ¿Mal de ojo? Supongo que lo más probable es que el pensamiento de seguridad que se me instaló a partir de esa percepción consciente, provocó mi descuido y el resto es historia. El fenómeno del comportamiento humano siempre ha sido motivo de estudio y la visión más reciente da cuenta que los seres humanos somos una coherencia “emoción – lenguaje – cuerpo”, de cuya interacción surge nuestra respuesta frente a los estímulos que el medio (interno y externo) nos presenta. Acorde con este punto de vista, Robbins dice, graciosamente, que "si no siembra usted las semillas mentales y fisiológicas de lo que desee cosechar, automáticamente todo se llenará de malas hierbas"...¡porque lo que creemos, creamos! En efecto, las creencias tienen el poder de crear nuestro mundo, porque actuamos automáticamente en función de ellas, que nos dictan conductas previamente aprendidas, delimitando los espacios de acción posibles. Como afirmó sabiamente el filósofo y ensayista americano Ralph Waldo Emerson, "el antepasado de todo acto es un pensamiento" y lo interesante es entender que todo pensamiento anida en nuestro cuerpo el que , de alguna manera, se alinea con él. Mente y fisiología parecieran ir de la mano y lo que ocurre en uno de los campos, determina lo que ocurrirá en el otro, en recíproca interacción. Nadie ya duda de la forma en que nuestros pensamientos afectan a nuestro sentir físico, puesto que para “sentirse mal” o “sentirse bien” hay que adoptar una corporalidad que así lo exprese. ¿Ha observado usted alguna vez a una persona que se siente plenamente feliz, mirando hacia abajo, los hombros encogidos, la pupila pequeña y con una mirada vaga e indefinida? Imposible, porque el cuerpo en su totalidad habla...¡ y lo hace expresando lo que siente y piensa! Mucha gente cree que su malestar es consecuencia de factores que escapan a su control, poniendo la culpa “afuera” y justificando de ese modo la queja. Y algo hay de cierto en eso, puesto que nuestros sentimientos están influenciados por eventos externos, por nuestra química corporal y por traumas y conflictos del pasado, pero no son estos factores lo que los crean, sino que nuestros pensamientos y actitudes son los que les dan vida. Y para fundamentar este punto de vista, el Dr. David D. Burns, autor de “Feeling Good”, pone el siguiente ejemplo: “Imagínese que usted es criticado por alguien que aprecia, ¿cómo se sentiría? Usted se sentirá culpable e inadecuado si usted se dice a sí mismo que no es bueno y que la falta es suya. Usted se sentirá ansioso y preocupado, si se dice a sí mismo que la otra persona lo está descalificando y está a punto de rechazarlo. Usted se sentirá enojado, si se dice a sí mismo que los demás están equivocados y no tienen derecho a decir esas cosas tan desagradables. Si usted tiene un buen sentido de autoestima, en cambio, puede sentir curiosidad por entender lo que la otra persona está pensando y sintiendo. En cada caso , usted reaccionará de acuerdo a lo que opine acerca de la crítica”. ¿Y que enseña esta observación? Que los mensajes que usted se envía a sí mismo tienen un enorme impacto sobre sus emociones, las que luego condicionarán sus acciones. Y más importante aún, que a la inversa este mecanismo también funciona, de modo que cambiando sus pensamientos usted puede cambiar la manera en que siente y en consecuencia, la forma en que su cuerpo actúa. Como sugiere Robbins, si nos enfocamos continuamente en todas las cosas malas de la vida, todo lo que no deseamos y todas las dificultades que podrían presentársenos, nos ponemos en un estado que fomenta cierta clase de comportamiento, que a su vez inducirá esos resultados. Curiosamente, si conjugamos el verbo CREER y CREAR en primera persona, el resultado es el mismo : YO CREO. ¿Será casualidad? Tal vez no, porque es un hecho que nuestra forma de hacer transforma nuestra forma de ser. Ya lo dijo Heráclito... “Día a día, lo que eliges, lo que piensas y lo que haces es en quién te conviertes”. Lic. Clara Braghiroli,
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